jueves, 31 de marzo de 2022

Lo que no quiso ver

Solo hasta que lo vio desangrado en el baño de la casa, la mujer, entendió que se equivocaba al pensar que su pequeño solo quería llamar la atención.

miércoles, 30 de marzo de 2022

De alguna manera hay que continuar

- Muy buenas a todos. Ante todo, les pido disculpas por interrumpirlos en este medio de transporte. Mire, mi nombre es David, y no le vengo a echar un cuento triste sobre mi vida, de si tengo o no un hijo o un familiar que mantener. Y sí los tengo, pero eso no es lo importante… Vea, me he recuperado de una adicción a las drogas, y la fundación, El correcto sendero de Dios, que me ayudó a salirme de ese mal camino, se mantiene del trabajo de muchos que, como yo, buscamos una mejor vida. Mire, el día de hoy vengo a ofrecerles este pequeño paquete de útiles escolares que incluye dos lápices de mina negra, un borrador, un tajalápiz y dos esferos, uno negro y otro rojo. Lo mínimo para cubrir las necesidades de una clase cualquiera del colegio. Vea, el costo o valor del kit es de tan solo dos mil pesitos. Cada uno le sale por menos de trecientos cincuenta pesitos. ¡Toda una promoción! Pasaré amablemente por el puesto de cada uno si desea ver o comprar el producto, todo para que sea manipulado únicamente por mi persona a causa de le emergencia sanitaria. Gracias por su atención.

Bajó de ese bus bastante satisfecho, pues había logrado vender dos kits más. Eso sumaba ya un total de diez en lo que iba del día. Una venta respetable, pero no suficiente para darse el lujo de almorzar, pues no podía poner en riesgo la plata de la habitación. A veces no se vendía mucho más de lo que se lograba hasta cierta hora.

Miró hacia el cielo bogotano, cosa que parecía por demás pintoresca, pues el clima capitalino era poco o nada predecible. Aun así, sea por el poco de energía que aun contenían las debilitadas extremidades por toda una mañana de trabajo, y solo alimentadas al desayuno con aguapanela y pan; sea por que su cuerpo reflejaba ese día de nubes que presagiaban pronta lluvia, decidió hacer de tripas corazón, y aferrarse a la voluntad de continuar sin descanso. Acto seguido, sacó una pequeña bolsa sellable de uno de sus bolsillos, la abrió, y vaciando un poco de su contenido en la punta de una de sus largas uñas, se metió un pericazo. ¡Listo para continuar!

martes, 29 de marzo de 2022

Un mundo desencantado

Ella le había enseñado que el Ratón Pérez no existía, tampoco Papá Noel o el Señor de la basura. Mucho menos los fantasmas, los duendes, las hadas o los dragones. Tampoco el Mohán, La Madremonte, La Pata sola, o cualquier otro tipo de fantasma o espectro. Ya, en su lecho de muerte, él solo pudo decirle a su madre que su Dios tampoco existía.

lunes, 28 de marzo de 2022

De alguna u otra forma…

“Sabes, yo estudio medicina en la javeriana”, “¿veinticuatro y no has hecho el profesional?”, “Mijita, eso sáquese un préstamo en el ICETEX y ya”. Todas esas dolorosas palabras se iban menguando cada vez que metía los dedos en lo profundo de su garganta. El tormento de las tripas retorciéndose y las arcadas eran casi insoportables. Casi. Pues cada cápsula plástica que lograba vomitar, era acompañada de una satisfacción traducida en una sonrisa retorcida de saliva que largaba desde sus labios para terminar en el mentón. ¿Qué importaba la incomodidad o la imagen que reflejaba en el espejo de ese baño desconocido? Si cada una de esas cuarenta y nueve pequeñas que expulsaba poco a poco, representaban todo. Limpiarlas de su saliva y los jugos gástricos era una nimiedad, al lado de volver a Bogotá y cerrarle la boca a más de uno cuando entrara a la universidad.

domingo, 27 de marzo de 2022

¿Por qué lo hizo?

Las llamas consumieron todo a su paso. Al final de cuentas, la mayoría de las cosas que había en el colegio eran fácilmente inflamables. Los puestos de madera, los materiales para las manualidades, la papelería del centro de fotocopias, las colchonetas y los balones para gimnasia, las batas de los profesores, los muebles de la dirección. En fin. Por donde se le viera, solo se necesitaba una pequeña chispa; un pequeño motivo, para que la vejez y decadencia de ese colegio distrital ardiera.

Cuando salió en las noticias, fue un referente para la situación que estaban viviendo, y podrían vivir, otras instituciones en Bogotá, pues desde hace semanas fluían cual virus las revelaciones, tanto de estudiantes como de ex estudiantes, acerca de todo tipo de abusos por parte de profesores. Estos últimos cobijados normalmente por los directivos.

El sensacionalismo enmascarado de interés no se hacía esperar con cada nueva historia. Por un lado, las victimas daban su testimonio y se hacía seguimiento de su proceso legal; por el otro, las voces de los acusados no eran silenciadas, si bien eran la comidilla de las redes sociales. Al mismo tiempo, afloraban sentimientos encontrados entre los estudiantes, padres de familia, docentes y directivos, y todo aquel que sintiera derecho a opinar. Mientras algunos declaraban que no era la manera más justa para hacer eco de algún problema, con frases del tipo “no quiero ver mi casa arder”, o “no era la forma”, algunos sentían un alivio, momentáneo, por no volver a ver aquellos problemáticos que solo iban por la comida del día e irrespetaban sus clases, en concordancia de otras mentes que iban perdiendo el año desde el primer bimestre, y no habían adelantado tareas y mucho menos estudiado para evaluaciones. Ni hablar de los incontables padres de familia que no sabían a quien encargar sus hijos mientras trabajaban, pues nunca habían considerado, más allá del colegio, en ocupar la mente de su descendencia en algo constructivo. No haciéndolo ellos en su tiempo libre, menos lo tendrían en cuenta para los niños hiperactivos o los adolescentes hormonales.

Por supuesto, en general lo políticamente correcto reinaba, y el desprecio por aquella acción tan ruin y baja era el común denominador al final de las conversaciones. Pues afirmar que en alguna medida el colegio lo merecía, era toda una desconsideración con aquel sagrado lugar, donde, con seguridad, todos los esfuerzos, de más de seis horas al día, estaban enfocado a la formación. El correcto comportamiento, y los buenos modales. Y así lo intentaban. Al menos uno que otro estudiante o profesor.

Y sobre el negro que la ceniza y los líquidos consumidos plasmaron en las paredes tristemente en pie, y los restos de objetos, en mayor parte irreconocibles; entre la multitud de curiosos y afectados, que sacrificaban sus fosas nasales a la inmisericorde mezcla de humo y descomposición material, solo para estar al día de cualquier información relevante llamada chime, unos ojos vacíos se lamentaban más que nadie en el mundo ante aquella escena de destrucción. Su corazón se contraía con tristeza, y las lágrimas solo se contenían a causa de la misma frustración, pues, allí, sobre una tarima improvisada, dando declaraciones a la policía, con una contundente y fingida mueca de dolor y sorpresa, estaba el profesor; el violador, el padre que nunca la reconoció, y sobrevivió a su ardiente venganza, pues no estaba en su oficina cuando ella inició el fuego como le habían dicho.

sábado, 26 de marzo de 2022

Efecto mariposa

La suerte es algo extraño. Ajeno. Un fenómeno al que estamos sometidos de manera irremediable, y del que hacemos parte sin llegar a ser del todo conscientes. Muchas veces me pregunto qué tan diferente sería mi vida si hubiera llevado a cabo tal o cual acción que por miedo ignoré, o simplemente carecía de importancia en su momento; por el contrario, qué caminos se habrían desarrollado sí, al atajar en determinado momento ciertas palabras y callarlas antes de llegar a su final hiriente o, en su defecto, pronunciar muchas otras que exigía la ocasión. La conclusión no es clara, al menos no a largo plazo. Lo cierto es que una sensación de vértigo parece colmarme cada vez que pienso que no soy dueño totalmente de mi vida, al tiempo que un evento que no puedo controlar es capaz de revela unas cuantas verdades que ignoraba.

Todo comenzó un lunes en la tarde en que, andando por un pequeño parque de la carrera once, vi a varios pequeños patinando en una pista. Recordé a mi sobrina junto a sus intentos de hacerse con ese deporte tan exigente, y decidí echar un vistazo. Sin embargo, en mi camino, me tope con un bello golden retriver de basto pelaje, que hizo migajas de amistad jugueteando, mientras su dueño, saludándome amablemente, me preguntó si yo tenía perros.

-          - ¡Claro que sí! Pero están en casa de mi madre. Mi apartamento         es pequeño y no puedo tenerlos.

-          - ¡Una lástima! Los animalitos son una compañía y un apoyo             invaluable.

Acto seguido el hombre se retiró, y su mascota, que se llamaba Bruno, pues lo escuché cuando lo llamaba al distraerse, iba detrás de el al tiempo que olisqueaba por allí y jugaba por allá.

Las palabras del hombre me llenaron de nostalgia sobre mis perros. Y cerciorándome de tener tiempo disponible, saqué el celular de mi bolsillo y marqué a mi madre. La conversación no duró más de un minuto, en que le preguntaba, como lo hacía normalmente, por mi padre, mi hermana, mi sobrina, y, por supuesto, mis perros. Prometiendo que tan pronto acabara mis obligaciones académicas del día, buscaría un rato para saludarlos, y estaría algo de tiempo con el viejo Yukio.

Guardé el celular, amarré mis cordones que se sentían ya algo flojos, me coloqué la chaqueta que llevaba en la maleta para el frío bogotano que arremetía con firmeza y, finalmente, retomé el camino hacia los pequeños patinadores. Escuché un extraño ulular y luego un dolor intenso pero fugaz en mi cabeza. A partir de allí, nada. No al menos hasta unas horas más tarde en que desperté en un hospital.

En los dos días que duré internado, más la semana de reposo para recuperarme, aprendí varias cosas. La primera y más importante es que, de no ser por el recuerdo de mi sobrina que patinaba y me llevó a querer mirar aquellos niños en la pista, o la curiosidad de verlos, o el tropiezo del perro, o de haber jugado con él, o de establecer la pequeña conversación con su dueño, o de haber llamado a mi madre, o de demorarme exactamente lo que me demore en la llamada, o de haberme amarrado los cordones, o de colocarme la chaqueta por el frío, o por el mismo clima que me llevó a esto último, esa rama que calló desde lo alto de la palmera, jamás me habría mandado al hospital. Muy mala suerte la mía, ¿verdad? Pero aún mejor, o peor, sino fuera por esa serie de acontecimientos y desenlace desafortunado, no me habría imaginado que mi madre estaría tan atenta de mi salud, así fuera desde la distancia; que mi padre sería capaz de viajar para cerciorarse de mi estado o que mi hermana atendería mis necesidades. Incluso, que varios tíos y primos llegarían con voz de aliento. Mucho menos que, dadas todas estas condiciones, y muchas más casi inimaginables, pero que parten de aquella inoportuna parte de un árbol venido de los cielos, mi sobrina, en una visita entre tantas y una sinceridad propia de un niño que busca el bienestar de sus seres queridos, confesaría como todos estaban hablando al margen de mi conocimiento, sobre la fortuna de que aquel accidente no acabó con mi vida, pues el seguro de vida que yo tenía, no cubría algo tan específico, y por tanto nunca nadie lo podría cobrar de haber muerto.


viernes, 25 de marzo de 2022

Insuficiente

El amor no alcanza. No. Nunca lo hace. Porque las ilusiones y las palabras que parecen trascender el tiempo sin desgaste, al final siempre serán silenciadas. Como su vestido rasgado que no volvería ser prenda de salidas especiales; el cabello revuelto en sangre, ahora abandonado por el aroma de los cálidos despertares; o su tierna mirada, que ya no reflejaría ni luz ni oscuridad. No. Y sea como sea, una triste y egoísta calma la colmó, pues por última vez las tinieblas atacaron su fatigada cabeza. Cabeza que, en un último y desesperado esfuerzo, intentó desencajar con todas sus fuerzas, junto a los miedos que la atormentaban desde la infancia.

jueves, 24 de marzo de 2022

Buena suerte

Juliana, decepcionada y dolida, aun sin creerlo del todo, daba vueltas alrededor del busto de Bolívar en un angustioso ir y venir, con la mirada inquieta y frustrada. Veía pasar los deportistas, las familias y, por su puesto, las parejas. Al final, Juliana, con más de tres horas de espera, ese lunes que se no fue al colegio para acudir al encuentro, aceptó que su cita jamás llegaría. Juliana, pobre pequeña con el corazón roto, nunca sabría que aquel que se había ganado su corazón chateando, había sido capturado horas antes por depredación sexual y trata de blancas.

miércoles, 23 de marzo de 2022

Su primera vez

Con dificultad María se ajustó la falda del colegio. Tampoco fue fácil acomodar el saco. Incluso, le costó algo más de esfuerzo las medias, los zapatos y el amarre de los cordones. Complacida con el resultado, se hizo dos moñas como siempre, con raya al medio, y colocó un par de hebillas a los pelos rebeldes. Maleta al hombro, con útiles escolares y los papeles listos, salía de su casa algo nerviosa, algo feliz, algo inquieta, mientras bajaba la loma cuidadosamente y acariciaba su abultada barriga, porque después de clases tenía su primer control en Profamilia.

martes, 22 de marzo de 2022

Desencantado

La intensidad colmó cada ápice de mi cuerpo y fui feliz. Se alejaba la oscuridad de la habitación con la humedad de sus rincones, la decrepitud de los muros, junto a la ruina de las tejas ahuecadas. Partían hacia la lejanía el olor pardo de las viejas y roídas cobijas, de la madera podrida de la cama y la mesita de noche, del cartón de las cajas en que estaba la ropa, y ni qué decir del inodoro y lavamanos tapados. Pero lo mejor era el eclipse de la soledad acompañada de los recuerdos de mi madre moribunda, y del puño inmisericorde de mi padre. Lo último que alcancé a percibir antes de entrar en la plenitud de la nada, fue el leve golpe del plástico contra el piso de tierra, que en mi último recuerdo hacía un bello conjunto con la aguja ya torcida, y un leve rumor de sangre que largaba por mi brazo.

lunes, 21 de marzo de 2022

Talante

Bajó de la buseta dulces en mano y, a la sombra de un árbol del Virrey, contó el dinero. Ganancias de mil pesos para el ahorro de los servicios, mil doscientos más para el desayuno de mañana, cuatrocientos para sus zapatos del colegio, doscientos más para una nueva bolsa de dulces, y suficiente fuerza para tomar una nueva bocanada de aire, estirar el brazo y subir a la siguiente buseta.