- ¡Mamasita rica! Venga y le hago ver el cielo.
Las palabras no salieron de sus labios por inercia, era una prueba autoimpuesta. Por ello, quedó atento al efecto que estas tendrían en su mundo. Y así, se escuchó una risa burlona pero aprobatoria, y una mano grande, fuerte, pesada, le palmeó su infantil hombro acompañada de una frase.
- ¡Berriondo como el papá! Cuando me llegue a la cintura, mijo, le doy su primera pola.
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